#30libros. Uno ruso que sí haya leído: Crimen y castigo - Dostoievski

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La literatura rusa es mi eterna asignatura pendiente. Apenas he leído a autores rusos. Basta con decir, para demostrarlo, que el autor ruso que más he leído ha sido Dostoievski, del que tan solo he leído dos libros: El jugador y Crimen y castigo. Ambas lecturas, a pesar de ser totalmente diferentes, me resultaron satisfactorias en su día, pero si tuviera que decantarme por una de ellas, lo hago por Crimen y castigo, a pesar del viejo chiste que dice que es un libro cuyo título desvela todo su contenido: antes de empezar a leerlo, uno ya sabe que va a haber un crimen y que va a tener su castigo.

Bromas aparte, la novela del moscovita, a pesar de sus setecientas páginas de angustia psicológica y su densidad, fue una lectura que me dejó sin aliento, que me hacía regresar a casa con ganas de retomar la lectura interrumpida, deseando recuperar el hilo de las divagaciones y obsesiones de Raskolnikov, hundido en su enfermedad y su miseria, condenado a un castigo que soportaba en cada minuto de su existencia.

Crimen y castigo es un libro paradójicamente denso y adictivo, y puede que por eso leerlo resulte tan extenuante. Aunque seguro que sobre esto último habrá opiniones diversas (no dejan de sorprenderme aquellos que defienden El corazón de las tinieblas como una novela fluida y fácil de leer), lo cierto es que Dostoievski no da tregua al lector, angustiándonos con la historia de Raskolnikov, su obsesividad enfermiza, su miseria, la pobreza de su entorno, lo insano de su afectividad y el precio insoportable de su crimen.

Si se ven con ánimos de afrontar una lectura en la que no resulta posible encontrar un rayo de esperanza, éste libro podrá proporcionar excelentes momentos de placer masoquista. En caso contrario, no sería mala idea, buscar libros menos reflexivos y refugiarse sin el menor complejo en lecturas menos morosas y más saludables, incluso sin salirse del XIX.

#30libros. Uno que haya amado hace años y del que hoy reniega: Aventuras de Arthur Gordon Pym - Edgar Allan Poe

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Temo que mis constantes licencias en este reto de los treinta libros, junto con las continuas aclaraciones, acaben por aburrir a cualquier persona sensata que siga este blog —aunque ya de por sí poca sensatez se demuestra al seguirlo—. Sin embargo, las aclaraciones resultan necesarias: ¿cómo se puede ensalzar a Poe en una entrada y condenarlo en otra poco después? Imagino que porque es de suponer que todos los autores tienen momentos de luces y sombras, y en segundo lugar porque no reniego de este libro.

En estos momentos casi puedo ver a Andromeda resoplando, mientras mueve la cabeza con gesto reprobatorio y pensando: "Otra de sus licencias". Mis disculpas. Pero es que soy incapaz de renegar de ningún libro que he amado. Los libros, a diferencia de las personas, no nos lastiman, provocando que mudemos nuestro amor en odio de forma frívola. Al contrario: quienes cambiamos somos nosotros, siempre volubles y dispuestos a renegar de aquello que un día tanto nos satisfizo. No puedo renegar de un libro de la misma forma que soy incapaz de abandonar a un perro: "Él no lo haría", acabo siempre diciéndome.

¿Qué sucede con este libro, entonces? Lo que tantas veces pasa: que una relectura consiguió echar por tierra un maravilloso recuerdo juvenil. Quince años y una gripe me llevaron a una lectura febril de un libro hipnótico que me horrorizó por sus imágenes demenciales: canibalismo, barcos fantasma, expediciones sin esperanza... Devoré cada página preso de un delirio provocado a partes iguales por el infierno de Poe, la enfermedad y los antigripales.

Durante años viví con aquel recuerdo excelente, hasta que hace unos años volví a sus páginas. No puedo decir que el libro me decepcionara, pero ya no encontraba aquellas imágenes tan impactantes, ni veía un ritmo tan deslumbrante, ni siquiera su estructura pudo cautivarme, aunque sí lo hicieron algunos momentos del libro: resulta inolvidable el episodio del barco fantasma (el primero que me encontré en mi vida, conmoviéndome especialmente), las últimas notas al diario de Gordon Pym, y la prosa de Poe, siempre de una sobriedad deslumbrante. Sólo por estos argumentos, vale la pena acercarse a las páginas de este libro atípico dentro de la producción de Poe y del que me resulta imposible renegar. Vale la pena acercarse a sus páginas aunque sea en edad adulta... y sin gripe.


#30libros. Uno que haya odiado hace años y hoy admira: El perseguidor - Julio Cortázar

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Odié tanto El perseguidor cuando me vi obligado a leerlo a los quince años, que creo que pocos libros pude odiar con tanta intensidad en mi vida. Imagino que no extrañará demasiado a quienes conozcan la obra: aquella bohemia, las divagaciones esquizofrénicas de aquel remedo de un Charlie Parker que desconocía, la complicidad delirante de aquel crítico que narraba en narraba en primera persona, con una mezcla de comprensión, envidia, admiración y necesidad, resultaban totalmente ajenas a mi mundo.

Pasaron los años y diferentes avatares me aproximaron a situaciones demasiado similares a las narradas por Cortázar, y poco a poco fui encajando aquellas divagaciones que años atrás me resultaban incomprensibles. Regresé a El perseguidor para asombrarme ante las lúcidas conclusiones de aquel crítico que no encontraba nada genial en el supuesto genio, que ocultaba la sordidez en sus críticas, el vacío existente detrás de lo que parecía, para el gran público, alguien tocado por los dioses, un Mesías proclamado por el evangelio interesado que recoge la palabra trasnochada de un yonki.

Cortázar describe las sombras de la bohemia, sin resistirse a exaltar la fascinación de sus tinieblas, la belleza escondida tras la locura, la falta de lógica de la cordura.

No me encanta El perseguidor, pero admiro la lucidez de su autor en su análisis: nada hay tras mirada alucinada de un adicto enfermo mental. Sus metáforas, su ocasional lucidez, sus rituales y su búsqueda pueden resultar tan reales como el destello de un fuego fatuo para aquel que lo contemple lo bastante alejado del borde de una ciénaga. Para quien tema manchar de lodo sus zapatos. Sólo aquellos que se arriesguen a morir ahogados en el lodo tendrán una pequeña posibilidad de distinguir la sutil diferencia que separa el genio de la locura. Cortázar y Bruno V. lo saben. El primero lo proclama, libre. El segundo lo oculta, esclavo de sus miserias.

El jazz y Cortázar. La visión menos amable de la bohemia soñada. El fracaso que supone el descubrimiento de haber sido atraído, como una urraca, por el destello de una baratija que debemos vender al precio de un metal precioso, acechando la muerte a la espera de alimentarse de sus despojos.



#30libros. El primer libro que leyó en su vida: Relatos - Edgar Allan Poe

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Creo que sería imposible decir cuál fue el primer libro que leí en mi vida, teniendo en cuenta que viví siempre rodeado de libros, y que la transmisión oral de la literatura jugó un papel importante en mis primeros años de vida. De acuerdo con lo que defiende Danniel Pennac en Como una novela acerca de la oralidad, mi primera lectura pudo haber sido "escuchada", pero si entendemos la lectura como algo activo, la primera lectura que recuerdo fue la de un viejo ejemplar de tapas negras con adornos dorados —que todavía conservo— de una selección de cuentos de Poe titulado, sin más información, Edgar Allan Poe, como puede comprobarse en la imagen con que se inicia esta entrada.

En realidad, imagino que no fue esta mi primera lectura, sino que quedó grabada en mi memoria como tal por la impresión que me produjo uno de sus relatos que, sin embargo, hoy considero de tono humorístico y moralista: Nunca apostéis vuestra cabeza al diablo. Ahora es fácil verlo así, pero intenten ponerse en el lugar de un niño de diez años.




Lo cierto es que a pesar de aquella primera lectura traumática —o quizás por eso mismo— el genial autor norteamericano se convirtió en un autor de cabecera para mí. Poco a poco fui leyendo cada uno de sus relatos, incluso los más oscuros y simbólicos, intentando penetrar en su significado. Este llevó a que, como buen preadolescente, planteara un buen puñado de preguntas incómodas a mis padres, que se vieron obligados a explicarme algunas cosas sobre alcoholismo, adicciones, demencias y otras patologías asociadas que, paradójicamente, resultaron ser de gran utilidad para comprender cosas que veía a diario en el lugar en que vivía e, incluso —¿quién lo diría?— para cuestiones de carácter más práctico con el paso de los años.

A día de hoy, a pesar de las décadas transcurridas desde aquella lectura iniciática, Poe sigue siendo para mí un maestro de la narración corta, del relato psicológico, del miedo que procede en tantas ocasiones, no del exterior, sino de nuestro interior. De ese lugar que tantas veces oculta nuestras peores pesadillas, los fantasmas más aterradores, nuestros infiernos personales que tantas veces mantienen asedian a nuestra cordura, parapetada tras una fina línea que la separa de la locura.

Si algún lector de este blog todavía no se ha acercado a su obra, que no pierda más el tiempo: no le costará encontrar un ejemplar de una selección de sus cuentos en su estantería o en la de cualquier biblioteca pública. Incluso, le resultará fácil encontrar algún archivo digital en la red. No hay excusas para leerlo y disfrutar, con cierto estremecimiento, de sus obsesiones... y nuestros miedos.

Soy persona de pocos caprichos literarios: la mayoría de los libros que nutren mis estantes son ediciones baratas compradas en mercadillos o librerías de viejo. Afortunadamente, la lectura puede seguir siendo un vicio muy económico. Sin embargo, uno de mis últimos caprichos —lo confesaré— fue permitirme el imperdonable lujo de comprarme la estupenda edición de sus cuentos completos traducidos por Cortázar y comentados por diferentes autores hispanoamericanos. Por lo visto, más de treinta años después, Poe todavía es una de mis obsesiones.