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La literatura rusa es mi eterna asignatura pendiente. Apenas he leído a autores rusos. Basta con decir, para demostrarlo, que el autor ruso que más he leído ha sido Dostoievski, del que tan solo he leído dos libros: El jugador y Crimen y castigo. Ambas lecturas, a pesar de ser totalmente diferentes, me resultaron satisfactorias en su día, pero si tuviera que decantarme por una de ellas, lo hago por Crimen y castigo, a pesar del viejo chiste que dice que es un libro cuyo título desvela todo su contenido: antes de empezar a leerlo, uno ya sabe que va a haber un crimen y que va a tener su castigo.
Bromas aparte, la novela del moscovita, a pesar de sus setecientas páginas de angustia psicológica y su densidad, fue una lectura que me dejó sin aliento, que me hacía regresar a casa con ganas de retomar la lectura interrumpida, deseando recuperar el hilo de las divagaciones y obsesiones de Raskolnikov, hundido en su enfermedad y su miseria, condenado a un castigo que soportaba en cada minuto de su existencia.
Crimen y castigo es un libro paradójicamente denso y adictivo, y puede que por eso leerlo resulte tan extenuante. Aunque seguro que sobre esto último habrá opiniones diversas (no dejan de sorprenderme aquellos que defienden El corazón de las tinieblas como una novela fluida y fácil de leer), lo cierto es que Dostoievski no da tregua al lector, angustiándonos con la historia de Raskolnikov, su obsesividad enfermiza, su miseria, la pobreza de su entorno, lo insano de su afectividad y el precio insoportable de su crimen.
Si se ven con ánimos de afrontar una lectura en la que no resulta posible encontrar un rayo de esperanza, éste libro podrá proporcionar excelentes momentos de placer masoquista. En caso contrario, no sería mala idea, buscar libros menos reflexivos y refugiarse sin el menor complejo en lecturas menos morosas y más saludables, incluso sin salirse del XIX.








