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Odié tanto El perseguidor cuando me vi obligado a leerlo a los quince años, que creo que pocos libros pude odiar con tanta intensidad en mi vida. Imagino que no extrañará demasiado a quienes conozcan la obra: aquella bohemia, las divagaciones esquizofrénicas de aquel remedo de un Charlie Parker que desconocía, la complicidad delirante de aquel crítico que narraba en narraba en primera persona, con una mezcla de comprensión, envidia, admiración y necesidad, resultaban totalmente ajenas a mi mundo.
Pasaron los años y diferentes avatares me aproximaron a situaciones demasiado similares a las narradas por Cortázar, y poco a poco fui encajando aquellas divagaciones que años atrás me resultaban incomprensibles. Regresé a El perseguidor para asombrarme ante las lúcidas conclusiones de aquel crítico que no encontraba nada genial en el supuesto genio, que ocultaba la sordidez en sus críticas, el vacío existente detrás de lo que parecía, para el gran público, alguien tocado por los dioses, un Mesías proclamado por el evangelio interesado que recoge la palabra trasnochada de un yonki.
Cortázar describe las sombras de la bohemia, sin resistirse a exaltar la fascinación de sus tinieblas, la belleza escondida tras la locura, la falta de lógica de la cordura.
No me encanta El perseguidor, pero admiro la lucidez de su autor en su análisis: nada hay tras mirada alucinada de un adicto enfermo mental. Sus metáforas, su ocasional lucidez, sus rituales y su búsqueda pueden resultar tan reales como el destello de un fuego fatuo para aquel que lo contemple lo bastante alejado del borde de una ciénaga. Para quien tema manchar de lodo sus zapatos. Sólo aquellos que se arriesguen a morir ahogados en el lodo tendrán una pequeña posibilidad de distinguir la sutil diferencia que separa el genio de la locura. Cortázar y Bruno V. lo saben. El primero lo proclama, libre. El segundo lo oculta, esclavo de sus miserias.
El jazz y Cortázar. La visión menos amable de la bohemia soñada. El fracaso que supone el descubrimiento de haber sido atraído, como una urraca, por el destello de una baratija que debemos vender al precio de un metal precioso, acechando la muerte a la espera de alimentarse de sus despojos.




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